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Empresa responsable

Interruptor: que interrumpe.

Quizá te has tropezado con el anuncio de una empresa comercializadora de derivados del petróleo que dice algo así como:

¿Por qué se llaman interruptores si no interrumpen nada?.

Si acudes a la definición, interruptor es:

    adj. Que interrumpe.

    m. Mecanismo destinado a interrumpir o establecer un circuito eléctrico.

Sorprende la crudeza con la que la marca se quita la careta delante de la sociedad: coge algo tan evidente e incuestionable y pretende generar dudas. Tan vergonzante como su estrategia: un modelo de negocio insostenible y en crisis. Que se mantiene manipulando: el lenguaje, la opinión pública y los procesos democráticos de toma de decisiones. Porque así es como funcionan las grandes corporaciones.

Imagina que eres un banco. Uno que tiene en 2024 consigue 10.054 millones de euros de beneficios, con un aumento del 25,4% en comparación con 2023. Imagina que ese banco está en un país en el que hay un importante deterioro de los servicios públicos y de la calidad de vida de la mayoría de las personas: jóvenes que no pueden acceder a una primera vivienda, carencia de plazas públicas para cursar formación profesional, ayudas a la dependencia que no llegan para atender a los mayores, niñas y niños sin pediatra…

Imagina que en ese país se propone un impuesto sobre los beneficios de la banca. Un 6% sobre los 31768 millones de euros -con un incremento del 21,7% respecto al año anterior- que sumaron los beneficios del sector. 1906 millones de euros que se podrían destinar a mejorar la decadente infraestructura ferroviaria, reforzar el la red de distribución eléctrica, al mantenimiento de carreteras, pagar sueldos de médicos o profesores, instalar climatización y paneles solares en los colegios y los institutos…

Pero el negocio es el negocio. La fundación del banco publicará un informe para sembrar la idea de que los jóvenes -esos que no pueden acceder a la vivienda acaparada por fondos de inversión- tendrán que trabajar hasta los 71 años para poder jubilarse dignamente. Interruptores, no interrumpan. Ni se les ocurra pensar en un impuesto a la opulencia que permita completar los 13455 millones de euros de coste anual de las pensiones. Construyan más viviendas que podamos seguir acaparando. Y fináncienlas con dinero público, que de algún sitio hay que sacar para mordidas.

Imagina que pones en el mercado envases de usar y tirar. Que el plástico de esos envases contamina todo el planeta y amenaza a la salud de todas las personas que lo habitamos. Es más cómodo acusar a tus clientes de falta de responsabilidad que asumir el coste de la recogida. O de cambiar el modelo de distribución del producto. Habiendo alternativas prefieres ahorrar los 1700 millones de euros que anualmente trasladas a los ayuntamientos que asumir los 600 que implica una mejora sustancial del modelo. No interrumpan, interruptores.

Las empresas que viven del petróleo no quieren que tú y yo nos organicemos para generar electricidad en la fachada de nuestro edificio o en el tejado del colegio de nuestros hijos. Es una amenaza para el modelo centralizado de producción que les da el poder. Con macro instalaciones solares en suelo agrícola -cedido a fondos de inversión en nombre del interés general- y molinos gigantescos en espacios naturales de alto valor ecológico -reconvertidos en espacios industriales en los que, por tu seguridad, no se te permite pasear o buscar setas-.

Si es necesario irán a los institutos de formación profesional a implantar en el cerebro de los jóvenes su versión de la sostenibilidad, no sea que se les ocurra cuestionar el informe de la fundación de la entidad financiera o plantear alternativas justas de redistribución de la riqueza.

Imagina que hay evidencias científicas sobre el daño a la salud que causan los plásticos. Y que las corporaciones pueden influir sobre la legislación que debería limitar su uso y generar campañas de publicidad que te animan a consumir más plástico de usar y tirar. O posicionar divulgadores que pregonan, en contra de la evidencia científica, que el plástico es la mejor alternativa.

Imagina que hay un consenso sobre los impactos de la quema de combustibles fósiles, pero que la publicidad de las grandes corporaciones puede llevarte a posicionamientos políticos contrarios la a reducción de las causas o la mitigación las consecuencias el aumento del efecto invernadero.

Imagina que pudieses alimentar a todas las personas que habitan el planeta con una adecuada distribución de la producción agraria mundial, pero las grandes fortunas -para mantener su estatus- promuevan estrategias para evitar el acceso a los alimentos.

Imagina que tienes un ordenador perfectamente funcional pero que los señores de las grandes corporaciones tecnológicas deciden dejarlo obsoleto porque se niegan a actualizarte el sistema operativo, con la única finalidad de mantener su margen de beneficios forzándote a comprar un equipo nuevo.

Es indignante. Y a eso juegan. Pervierten la información para influir en los debates. No son anuncios malos para que te rías un rato en el bar. Son estrategias dirigidas a controlar el imaginario colectivo. Porque mientras nos desgastamos discutiendo lo superfluo seguimos sin centrarnos en abordar los cambios de calado que hacen falta para evitar el descalabro.

Las grandes corporaciones pueden permitirse el lujo de destinar unos pocos cientos de miles de euros a corrupción política. Con eso consiguen dividirnos y mantenernos entretenidos, peleándonos apasionadamente en vez de dejarnos pensar en los problemas comunes y las soluciones. Pero también marcan la agenda política y tienen a nuestros representantes entretenidos sin necesidad de que se ocupen de los problemas de la mayoría.

Un millón de euros en comisiones, medio millón en fiestas… son migajas comparados con lo que recaudaría un impuesto, simbólico, que consiguiese recursos para sanidad, educación, inspección fiscal, vigilancia ambiental u otras actividades que de interés general. La prioridad es mantener cuentas de resultados obscenas, con las que orquestar deslumbrantes vuelos suborbitales al alcance de nadie, pero a los que podrías aspirar si te portas bien y eres útil al sistema.

Interruptores, no interrumpan. El espectáculo debe continuar. Si es a costa de los derechos alcanzados en miles de años de evolución de la civilización, de la salud de tus mayores, de tus opciones de encontrar una vivienda digna o de la posibilidad de que tus hijos reciban una educación de calidad… ¿a quién le importa?

Deberíamos sentirnos insultados por las corporaciones que tratan de manipularnos pensando que nos pueden hacer dudar de lo evidente. Por favor, dejemos de mirar el dedo que señala al interruptor y empecemos a organizarnos para que la electricidad de tu ventilador llegue desde el tejado del edificio que habitas.

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